Los 33
Octubre de 2010. Relevar a un jefe enfermo, tres días sin bajar del cerro, la noche en que los sacaron a todos, y una decisión tomada en la puerta trasera de un hospital.
Me avisaron a las tres de la tarde. Boris López, mi jefe, llevaba una semana en la mina San José y estaba destruido. Con influenza, sin dormir, operando en condiciones que ya no daban para más. Alguien tenía que subir a relevarlo.
Llamé a Michelle, le dije que me iba a Copiapó. Pasé a la casa, metí lo que pude en una mochila. Los pasajes los gestioné yo mismo camino al aeropuerto, hablando con la agencia de viajes del canal. Me transfirieron plata y partí.
Llegué a Copiapó como a las ocho de la noche. Un chofer me llevó directo a la mina. Sin pasar por hotel, sin dejar la mochila en ningún lado. Directo al cerro.
Vi a Boris a las diez. Se le notaba en la cara, en el cuerpo, en todo. Una semana en el desierto, enfermo, durmiendo mal, coordinando una cobertura que no paraba nunca. Le había traído medicamentos desde Santiago. Le dije que se fuera al hotel, que yo me hacía cargo.
Mis compañeros llevaban transmitiendo desde las cinco de la mañana y estaban reventados. Les dije que yo me quedaba con la noche, que fueran a descansar. Boris bajó al hotel, el equipo se fue, y yo me quedé solo a cargo de la producción nocturna.
Ya se sabía que los mineros estaban vivos. Faltaba poco para el rescate, pero todavía no había fecha exacta. Lo que había era una espera tensa y un despliegue de medios que yo no había visto en mi vida.
El cerro
La mina estaba en medio del desierto, en un cerro pelado, seco. De día el calor pegaba fuerte y el viento soplaba caliente, lleno de polvo. De noche el opuesto: un frío que te calaba hasta los huesos, parka y gorro obligatorios. A veces nos acercábamos a los campamentos de las familias, que tenían fogatas prendidas, y nos calentábamos ahí un rato con ellos.
No teníamos acceso a la mina. Había un puesto de control y de ahí para adentro solo entraba personal autorizado. Las perforadoras se escuchaban a lo lejos, un ruido constante, pero no las veíamos. Todo nos llegaba por los voceros oficiales o por la señal de televisión, igual que al resto del mundo.
Nuestro campamento estaba lejos de la boca de la mina. Motorhome, carpas improvisadas, algunas piezas en un hotel en Copiapó para cuando se podía bajar. Yo estuve tres días arriba sin bajar. Durmiendo pocas horas, comiendo sándwiches y galletas, tomando agua. Los tiempos muertos los usabas para dormir. El resto del día andabas para todos lados trabajando.
Ayudé a un equipo japonés con varias cosas. Les llevé equipos a su lugar de transmisión, les presenté a algunos voceros. Cuando se fueron, me regalaron dos generadores eléctricos. No los podían llevar de vuelta a Japón y me los dieron como agradecimiento. Ese gesto me quedó grabado: en medio de una cobertura así, donde todos estábamos cansados y tensos, alguien se toma el tiempo de agradecer.
Con las familias tuve contacto directo, pero no formé vínculos. Tomé la posición de alguien que estaba ahí para mostrarle al mundo lo que pasaba, no para ser parte de la historia. Los políticos casi no aparecían por donde estábamos. Al presidente Piñera lo veíamos por televisión, siempre en el sector restringido.
La noche del rescate
Estábamos al aire libre, junto a las familias, viendo la señal oficial en un televisor. Hoguera prendida para capear el frío. Mucha gente, no solo ahí sino en todos lados. Como ya se sabía el orden en que iban a sacar a los mineros, en el campamento de cada familia se aglomeraba una cantidad enorme de gente, sobre todo medios. Ahí sí había una carrera entre los canales por estar en exclusiva con los familiares en el momento exacto.
Cuando sacaron al primero, el ambiente se transformó. Gritos, llantos de emoción, aplausos. Se nos cayeron lágrimas a varios.
Lo que yo sentí fue un alivio físico, como soltar algo que se había acumulado durante días. La angustia de no saber si todo iba a salir bien se soltó de golpe. Lo único que quería era que los sacaran a todos rápido, que no quedara la más mínima posibilidad de que algo saliera mal.
Era emoción colectiva pura. No era una tragedia, era lo opuesto. Era algo que nacía de la esperanza, de esa incertidumbre de no saber si estaban vivos o muertos, si los podían sacar o no.
La puerta trasera
En la madrugada me dijeron que bajara al hospital de Copiapó. Los mineros iban llegando en ambulancias. Bajé con Jorge Arellano, el operador del móvil, y Juan Pablo Amigo, su asistente.
Cuando llegamos, la entrada principal ya estaba copada de canales. Tomé una decisión: nos fuimos a la parte trasera.
No había nadie ahí. Nos estacionamos al costado de la puerta y montamos todo, cables, cámaras, luces. Fue la decisión correcta. Por ahí entraban las ambulancias. Ahí estaba la acción. No tuvimos que pedir permiso, era la vía pública, y las autoridades entendían la magnitud de lo que pasaba. A las cinco de la mañana llegó Gonzalo Ramírez, el periodista, y empezamos a transmitir.
La gente afuera vitoreaba a cada minero que llegaba. Y nos pedían fotos. A Gonzalo, que salía en televisión, pero también a mí y al camarógrafo. No éramos nadie conocido, pero la euforia era tanta que querían fotos con cualquiera que tuviera algo que ver con lo que estaba pasando.
Esa primera noche en el hospital, después de trabajar desde la madrugada hasta pasadas las once, me dijeron que descansara. No tenía dónde ir. No tenía hotel, había bajado de la mina a las tres o cuatro de la mañana y desde ahí no había parado.
Carlos Chávez me ofreció su habitación. Dos camas. Me quisieron pasar una y les dije que no, ellos cargaban cámara al hombro todo el día. Les pedí almohadas y una frazada. Me acosté en el piso y me quedé dormido al instante.
Llevaba unos cinco días sin ducharme. Lo que hacía era ponerme desodorante y un poco de colonia. El pelo lo tenía asqueroso, encima habíamos estado en la mina, con polvo y tierra. Puse la alarma a las cinco para ducharme antes del turno. Cuando sonó, no me pude levantar. Preferí los treinta minutos extra. Me lavé los dientes, me lavé la cara, me cambié la polera, los calzoncillos, los calcetines. Y partí a trabajar.
Agustina
Cuando sacaron al último minero y todos pasaron por el hospital, la operación empezó a bajar. Los equipos reducían contingente. Como a las cuatro de la tarde me llamó Michelle. Estaba con mi mamá. Había nacido mi sobrina, Agustina, la primera guagua de la familia, el 15 de octubre.
Mi jefe me dio a elegir: dos días más o un vuelo que salía en dos horas. No lo pensé.
Rafa, un camarógrafo, me llevó al aeropuerto en un auto del canal. En el camino me dice que no tiene bencina. Miro el tablero: luz de reserva prendida. Mitad del desierto.
Le dije que siguiera. Un auto de Chilevisión venía detrás, Rafa los conocía, les pidió que nos siguieran por si nos quedábamos. Llegamos al aeropuerto. Le pedí a los de Chilevisión que acompañaran a Rafa de vuelta. Logró llegar a una bomba.
Me subí al avión. Mi señora me esperaba en Santiago. Me llevó directo a la clínica.
Llegué sucio, con tierra encima, sin haberme duchado en días. Lo único que quería era tomar a esa guagua recién nacida. La enfermera me miró y no me dejó acercarme así. Guantes, bata, gorro, lavado de manos, alcohol gel. Y aun así, no me dejó tocarla. Solo acercarme y mirarla.
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