Lo que no salió al aire desde Haití
Enero de 2010. Un turno de madrugada, una frase de mi jefe y un avión militar cargado de ayuda humanitaria. Lo que se ve desde el otro lado de la cámara cuando el trabajo es mirar.
Era enero de 2010 y yo venía saliendo del turno de madrugada en TVN, ese turno de cinco de la mañana a tres de la tarde que te deja con los ojos secos y el cuerpo fuera de hora. Pasé a la oficina a dejar unas cosas. Boris López, mi jefe, me miró desde su escritorio con la calma del que ya tomó la decisión antes de que uno llegue.
"Camilo, tienes que ir a Haití. Sales hoy."
Pregunté a qué hora. Me dijo que estaban viendo los vuelos, que me fuera a la casa a hacer el bolso, que salíamos en cualquier minuto.
Antes de irme le dije lo único que me daba vueltas desde que habían empezado a llegar las imágenes del terremoto por agencia. Que nunca había visto un muerto. Que no sabía cómo iba a reaccionar.
Boris se quedó callado un momento.
No entendí de verdad esa frase hasta semanas más tarde, sentado en el living de mi casa, llorando sin poder parar.
Entrar es la mitad del trabajo
Volamos esa misma tarde a Santo Domingo. Éramos tres: Miguel Ángel Luna en periodismo, Carlos Chávez en cámara, y yo como productor. Las fronteras estaban cerradas. No había vuelos comerciales a Puerto Príncipe. Todo estaba en el suelo, literal y figuradamente.
El director del aeropuerto de Santo Domingo era chileno y nos esperaba con muy buena disposición. También con una oferta: él tenía un helicóptero, tres mil dólares por persona. Éramos tres. Nueve mil dólares. Ese dinero no lo teníamos, y él lo sabía.
Nos fuimos entonces a la zona donde se estaba concentrando la ayuda humanitaria. La ONU, el ACNUR, la Cruz Roja, equipos de rescate de medio mundo. Hablamos con todos. Nadie podía llevarnos. La prioridad era salvar vidas, no transportar periodistas. Lo entendíamos perfectamente y seguíamos insistiendo igual, porque ese es el trabajo.
Ahí conocimos a un argentino con un perro de rescate, en la misma situación que nosotros. En algún momento consiguió un lugar en un vuelo humanitario y lo vimos despegar desde la loza, con su perro y su equipo, sin poder hacer nada.
Miguel Ángel y Carlos bajaron a grabar una nota sobre la coordinación de la ayuda. Yo me quedé cuidando las maletas. Fui a buscar algo para comer y se me acercó un piloto español de la Fuerza Aérea. Había conocido a mis compañeros abajo y quería saber qué hacíamos ahí. Le expliqué la situación: necesitábamos llegar a Puerto Príncipe para trabajar, pero también para juntarnos con Jean Pierre Salinas, otro camarógrafo de TVN que ya estaba allá y estaba solo.
Me escuchó. Se quedó pensando.
"Déjenme hacer un par de llamadas."
Volvió cinco minutos después: mañana a las cinco de la mañana, los pasamos a buscar, viajan con nosotros.
El Hércules iba cargado hasta arriba de comida, medicamentos, agua y carpas. Los pilotos tenían esa energía tranquila de la gente que hace trabajos difíciles sin hacer teatro de eso. Me ofrecieron café en unas latas que uno agita y se calientan solas. Nunca había visto algo así. Iba camino a Puerto Príncipe en un avión militar cargado con ayuda humanitaria, tomando un capuchino de lata. Veinte minutos de vuelo, treinta a lo sumo.
El olor
Bajamos del avión con el sol pegando fuerte desde temprano. Para llegar al estacionamiento había que atravesar las instalaciones del aeropuerto. No había otra salida.
Y al entrar a ese edificio llegó el olor.
No fue gradual. Fue un golpe. Húmedo, pesado y dulce al mismo tiempo, que te entra por la nariz y no te suelta. Una mezcla de cosas que el cuerpo reconoce sin que nadie le haya enseñado a reconocerlas.
En una sala lateral había cuerpos. Varios. No sé cuántos, no me detuve a contarlos. Afuera, los Black Hawks custodiaban la pista y había marines por todos lados. Y en la reja del aeropuerto, una marea de gente empujando, gritando, buscando un avión que los sacara del país.
Conseguimos un auto. No era un taxi: era una persona con un vehículo y algo de gasolina intentando trabajar en medio del desastre. Entre señas y un francés muy oxidado que yo guardaba de algún rincón del colegio, acordamos cincuenta dólares por llevarnos a los tres hasta la base chilena.
Al llegar le pasé los cincuenta dólares y el tipo empezó a gritar. Reclamaba cincuenta por persona. Yo había entendido cincuenta por el grupo. Una confusión de traducción en un idioma que ninguno de los dos hablaba. Un militar chileno se acercó y le dijo que se fuera.
Cuando ya estábamos adentro lo escuché gritar una última vez. Gritó "Chile" y se pasó el pulgar por el cuello.
Esa fue mi bienvenida a Haití.
Las tardes
Dormimos las primeras noches sobre colchonetas de gimnasia, debajo de un avión militar fuera de uso. Aprendimos rápido que cuando un helicóptero de la ONU encendía motores, el tubo de escape apuntaba exactamente hacia donde dormíamos. Te llegaba un chiflón de calor y humo que te despertaba de golpe. Uno no se acostumbra, simplemente sigue durmiendo, porque el cansancio puede más.
Una noche un perro se metió, agarró un zapato de Carlos y lo dejó en mitad de la pista de aterrizaje, donde no teníamos acceso. Hubo que gritarle a los militares para que lo recuperaran. Me acuerdo de esa escena con nitidez, y creo que es porque el humor involuntario era una de las pocas válvulas de escape que teníamos.
El trabajo era otra cosa. Yo pasaba gran parte del tiempo con Carlos en lo que había sido uno de los hoteles más elegantes de Puerto Príncipe, ahora un montón de escombros. Ahí había muerto la señora del general Toro. Grabábamos los intentos de rescate, hablábamos con él, con su hijo, con los rescatistas. Un trabajo lento, silencioso y cargado.
El primer día habíamos ido al centro, a la Casa de Gobierno derrumbada. El edificio del poder de un país, en el suelo. Enfrente, un parque convertido en campamento de desplazados, con carpas armadas de lonas y sábanas, y niños bañándose en piletas improvisadas con agua que nadie hubiera querido tocar.
En algún momento vi pasar corriendo a un fotógrafo de AP, ensangrentado. Lo habían agredido para robarle los equipos y todavía lo perseguían. Ahí entendí algo que no había terminado de entender: nosotros no éramos periodistas con credencial y derecho a estar. Éramos extraños con cámaras en el peor momento de la vida de mucha gente. Desde ese día nos movimos siempre cerca de alguna autoridad, con distancia, sin meternos donde no nos llamaban.
Y todas las tardes, frente a la base, había ceremonia. Sacaban cajones de madera, algunos cubiertos con la bandera de sus países. Funcionarios internacionales que habían venido a ayudar y que se estaban yendo en una caja. Militares en posición de firmes, bandas, discursos breves. Diez cajones. Quince cajones. Todos los días.
De noche los periodistas chilenos nos juntábamos. Conversábamos poco, no hacía falta decir mucho porque todos habíamos visto lo mismo. Alguien aparecía con una botella de ron conseguida en el mercado negro y nos servíamos un trago, no para emborracharse sino para bajar algo que de otra manera no bajaba.
Con mi señora hablaba por teléfono satelital cada uno o dos días. Llamadas cortas, para decir que estaba bien. Nada más. Las palabras para contar lo que estaba viendo todavía no existían.
La cuenta llega después
Volvimos porque el general nos pidió el espacio: venía un batallón con personal médico y rescatistas. En el mismo vuelo en que ellos bajaban, nosotros subíamos.
Llegué un domingo al mediodía. Saqué la ropa del bolso para lavar, me duché, me senté en el sillón y prendí la televisión. El noticiero del mediodía estaba mostrando la llegada del avión. Ahí estábamos: los equipos de prensa y los refugiados haitianos a los que Chile había dado asilo, bajando en el aeropuerto de Santiago. Me vi a mí mismo caminando con el bolso al hombro.
Y ahí quebré. No fue un llanto controlado. Fue todo lo que había guardado esas semanas saliendo de golpe. Mi señora se sentó al lado y me abrazó en silencio. No dijo nada. No hacía falta.
Era la culpa del que vuelve. Haber estado en un lugar donde la gente lo perdió todo y volver a una casa con agua caliente, comida en el refrigerador y alguien esperándote. Esas dos realidades existieron al mismo tiempo, a seiscientos kilómetros de distancia, y la brecha era demasiado grande para procesarla de una sola vez.
Recién ahí entendí a Boris. Observa, reporta, y deja las emociones para después. No para siempre. Para después.
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